Casi siempre nos entregábamos a la bebida sin motivo aparente. Hablábamos y reíamos. Pero sobre el logos se imponía el phatos. Yo llenaba tu copa y tú la mía. Nos animábamos mutuamente para seguir bebiendo. Tómatelo de un trago. Tonto el úlimo.
No era durante esas noches preestablecidas en las que todo el mundo se vuelve loco. No había cita. Tú llamabas, o llamaba yo. A nuestro alrededor algunos ojos, pocos, de jueces. Tristes por no poder condenar, adormecidos, ejercían su vocación de doctores de la moral. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y nosotros estábamos en la ceguera total de alcohol y palabras. Teníamos sed.
La vida entonces sólo era un foco que nos iluminaba a los dos. Lo demás, aunque existía y lo sabíamos, era sombra y silencio. Ningún remordimiento. Beber, embriagarse, vivir en un escenario de luz.
La claridad del día nos pillaba dormidos en lugares distintos, separados. El paso del tiempo lo marcaban esos encuentros que parecían ejercicios para borrarlo. Vivir era también morir, pero nunca imaginamos que pudiera ocurrir tan pronto.
Antonio Íñigo
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